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25 de agosto del 2020 a las 22:32 -
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Testimonios de quienes vivieron de cerca su crimen

Roslik tiene quien le escriba
Testimonios de quienes vivieron de cerca su crimen

El médico legal que fue convocado para revisar el caso, periodistas y otros testigos traen al presente sus recuerdos y vivencias respecto a la muerte bajo torturas en 1984.

Que el militar retirado Alberto Loitey, candidato a intendente por Cabildo Abierto, negara la muerte de Vladimir Roslik en la tortura, consiguió que muchos sintieran la necesidad de compartir lo que vivieron respecto a aquel trágico episodio que marcó los últimos días de la dictadura

Algunos lo hicieron en las redes sociales, otros me escribieron tras la publicación, días atrás, de una nota recordando el caso. Lo que siguen son algunos de esos testimonios.

A Roslik lo llevaron detenido integrantes del batallón 9 de infantería en la madrugada del 15 de abril de 1984.

Su esposa, María Cristina Zabalkin, recordó así esa noche en declaraciones publicadas en el semanario Jaque el 5 de mayo de 1984. “Se sentía ruido. Había un escándalo: golpeaban la puerta, parecía que la querían tirar abajo. Se sentía ruido de autos. y yo le dije a Vladimir que podía ser un accidente o algo, y que lo venían a buscar. El gritaba 'ya voy, ya voy'. En eso se abrió la puerta y él me dijo 'no te asustes, Mary, no te asustes, que son soldados'. Lo tenían en la cocina esposado y vi que se lo llevaban, me tiré al suelo y le puse los zapatos y un saquito por arriba. El gritaba 'otra vez no, otra vez pasar por lo mismo no".

Roslik había estado más de un año preso entre 1980 y 1981, sin ningún motivo concreto, salvo su apellido y haber estudiado en Rusia.

“Que la dejara despedirse”

El 16 de julio el cadáver de Roslik fue llevado por militares a la morgue del hospital de Fray Bentos.

Un poco antes o un poco después, un grupo de militares llegó a las oficinas de la empresa fúnebre de Fray Bentos. Allí los atendió una empleada, María Esther Casco Ivanoff, hoy fallecida.

Su segundo apellido, de origen búlgaro pero de sonoridades rusas, le había generado problemas en aquellos años de obsesiva persecución de todo aquello sospechoso de tener algún nexo con el comunismo.

Su hija, Agostina Lasarte, relató en Twitter lo que le tocó vivir a Casco esa noche.

“Estaba trabajando sola y por cerrar cuando caen cinco o seis milicos a hablar con ella. La encerraron en una oficina y cubrieron todas las ventanas con papel. Ahí le dijeron que iban a traer a Roslik, que había fallecido y que iba a venir el doctor a certificar la muerte. Que hiciera los papeles lo más rápido posible y, lo más importante, que no dijera nada a nadie”.

Poco después llegó un médico militar que certificó una muerte natural por paro cardíaco.

“Mamá hizo los papeles rápido y los milicos se fueron. Al rato cae desesperada la viuda de Roslik, Mary Zabalkin, a preguntarle a mamá si Vladimir estaba ahí, que nadie le decía nada. Mamá, amenazada para no decir nada y con segundo apellido eslavo, le dijo a Mary que sí, que estaba ahí y que iba a hacer los trámites para que mandaran el cuerpo a San Javier para velarlo. Mary le pidió que la dejara despedirse del cuerpo de Vladimir, que en San Javier no iba a poder porque estaban todos controladísimos. Mamá (sacando el coraje no sé de dónde) y con la complicidad de los funebreros, la dejó pasar y despedirse de su esposo”.

El médico militar que realizó la primera autopsia y certificó la muerte natural de Roslik se llamaba Eduardo Saiz.

“Fallece médico”

Al otro día la prensa informó que algo había ocurrido en San Javier. “En el marco de un operativo antisubversivo llevado a cabo días pasados en el literal del río Uruguay, un incidente habría derivado en la muerte de un médico de origen ruso”, informó El País.

Más asertivo fue El Telégrafo de Paysandú, que en su primera plana, publicó: “Fallece médico tras operativo militar realizado en San Javier”.

El hoy director del diario sanducero, Alberto Baccaro, recuerda: “El Telégrafo estaba en la mira de la dictadura, tal como sucedía con los medios independientes que no estaba alineados con el régimen. Por eso era impensable acusar con todas las letras”.

La nota comenzaba así: “Hasta anoche no se había suministrado información oficial sobre las circunstancias que rodearon el fallecimiento de un médico en la localidad de San Javier, departamento de Río Negro, luego de un operativo militar realizado en la costa del río Uruguay”.

El Telégrafo agregaba a su propia nota los cables enviados al mundo por las agencias UPI y EFE, que tampoco explicaban las circunstancias concretas de la muerte de Roslik.

La historia, o lo que podía decirse sobre ella, aparecía repetida tres veces en la misma edición del diario.

Para un país que ya veía en el horizonte la posibilidad de recuperar la democracia, la muerte de Roslik revivió los miedos de los peores momentos de la dictadura. El efecto fue doble en Río Negro y Paysandú, y para aquellos perseguidos solo por su origen étnico ruso.

Juan Sancoff, descendiente de búlgaros radicados en Fray Bentos, relató en Twitter que una semana después de la muerte de Roslik su abuelo, temeroso, “quemó más de 1.000 tomos y libros de la Sociedad Cultural Búlgara”.

“Lo amenazaron”

Como ocurría en esa época, la investigación de la muerte de Roslik recayó en la justicia militar, en el turno del juez Carmelo Bentancur, un coronel que vivía en Montevideo.

Según el testimonio de su hija Rosario –que en parte pudo ser corroborado por otras fuentes- su padre recibió fuertes presiones del régimen para que certificara la muerte natural de Roslik, tal como se había estampado falsamente en la primera autopsia.

“Lo amenazaron con matarnos a mi hermano y a mí”, recuerda. Sostiene que un general muy cercano al presidente de facto Gregorio Álvarez llamó a su casa y amenazó de muerte a su padre. Aunque dijo el apellido de ese general hoy fallecido, no quiere que se publique para no afectar a su familia.

“Tanto lo amenazaron a mi padre que cuando fue a Fray Bentos a tomar declaraciones a los militares del batallón 9, decidió salir a las tres de la mañana, en convoy con el abogado del juzgado, el doctor Nicasio García. Temía que pudiera pasarle algo”.

Es cierto que el coronel Bentancur, fallecido en 1996, se apersonó en el cuartel e interrogó a todos los oficiales del cuartel donde mataron a Roslik. Uno de los que tuvo que declarar ante él fue Alberto Loitey, hoy candidato a intendente de Soriano por Cabildo Abierto, el mismo que hace pocos días declaró que Roslik murió de modo natural.

“¿Por qué?”

Repitamos lo ya contado en la crónica anterior: Zabalkin, muy corajuda, recuperó el cuerpo de su marido y desafiando al régimen, logró que se le permitiera que otros cinco médicos le realizaran una segunda autopsia en Paysandú. Los resultados fueron concluyentes en el sentido de que Roslik no había fallecido naturalmente, sino que tenía golpes, traumatismos varios, el hígado desgarrado. Pero los médicos, para resguardar su propia integridad, se juramentaron a no hacer declaraciones públicas.

Zabalkin, sin embargo, le relató al semanario Aquí el comentario que uno de los facultativos, el doctor Jorge Burjel: “Hiciste muy bien en traerlo, estuviste muy acertada, ¿me entendés, no?”.

El 26 de abril de 1984 el semanario Opinar tituló en su primera plana: “Caso Roslik: el país exige una aclaración”.

En páginas interiores se publicaba un artículo del joven periodista Luis Hierro López que decía:

“El certificado de defunción expedido por el doctor Eduardo Saínz, médico militar de Fray Bentos, adolece de varias fallas formales, que no son poca cosa cuando se trata de un certificado de defunción. No figura la hora, la fecha y el lugar de la muerte; no dice si se realizó autopsia; no se indica si el fallecimiento se produjo en una institución pública y tampoco tiene la firma del médico que atendió a Roslik. (…) El hospital de Fray Bentos, que ha recibido en estos días cientos de llamadas de periodistas del exterior, guarda algunos otros secretos. ¿Por qué el doctor Duffau, otro de los facultativos del hospital, se negó a realizar la autopsia o a extender un certificado de defunción? La otra pregunta es la que nos estamos haciendo todos. ¿Por qué los médicos intervinientes en la segunda autopsia, la que se llevó a cabo en Paysandú, no informan públicamente de los resultados?  ¿Por qué la División de Ejército III hace un comunicado público con el resultado de la primera autopsia y no lo hace con el resultado de la segunda? ¿Por qué se dispone ahora una tercera autopsia?”.

“Se hicieron los sotas”

En realidad no hubo tercera autopsia. Lo que ocurrió fue que el coronel Bentancur ordenó que el cadáver fuera exhumado y se tomaran muestras de los principales órganos. El estudio se hizo con presencia de médicos de las Fuerzas Armadas y de la familia Roslik, pero no arrojó resultados concluyentes. Habían pasado demasiados días.  

El juez militar ordenó entonces un nuevo estudio.

Augusto Soiza era un profesor de medicina legal que a su vez revistaba como médico en la Armada. Fue convocado a la Dirección de Sanidad Militar.

“Cuando llegué me esperaba el director, un médico coronel. Me dijo que me habían designado para informar del caso de la muerte del doctor Roslik”, recuerda hoy en su apartamento de Pocitos.

El director le entregó una carpetas y papeles, más de 80 folios, y le dijo: “Esta es la documentación que nos proporciona la justicia militar para que usted se expida sobre el tema, porque existen dictámenes contradictorios y el juez no sabe a qué atenerse”.

Le informaron que trabajaría en conjunto con el doctor José Mautone, un profesor de anatomía patológica, que había sido su docente. “Era muy reconocido, pero no tenía la menor noción de medicina legal. Muy canchero, me dijo: ‘Llevátelo para tu casa, hacé el informe y después lo discutimos’.

Mientras tanto, dos jóvenes periodistas del semanario Jaque, Alejandro Bluth y Juan Miguel Petit, estaban determinados a conseguir las pruebas que permitieran aclarar el caso.

Viajaron a Paysandú y consiguieron que uno de los cinco médicos que habían hecho la segunda autopsia, el doctor Burjel, por fin hablara, a condición de que no se publicara su nombre. Burjel, hoy fallecido, les dijo que no cabía duda de que al médico de San Javier lo habían matado en la tortura.

El 28 de abril de 1984 el caso Roslik dejó atrás las preguntas y las entrelíneas. La primera plana de Jaque decía: “Oremos por el alma de Vladimir Roslik, que murió asesinado”.

Era la frase que un cura de Paysandú, en otra exhibición de coraje, había pronunciado en un oficio celebrado en honor al muerto.

Informar con todas las letras que alguien había sido asesinado en un cuartel no era cosa de todos los días. Por eso la nota de Bluth y Petit comenzaba con una nota del director de Jaque, Manuel Flores Silva: “Al cierre de esta edición recibo el informe encargado especialmente a los periodistas firmantes, así como la información complementaria y de fuentes que aseguran la total e indudable fidedignidad de lo allí afirmado. En cumplimiento de mi deber, y bajo mi responsabilidad, autorizo la presente publicación”.

Los medios grandes del país ignoraron la noticia. Leonel Aguirre, uno de los diagramadores de Jaque, recordó en Twitter días atrás: “Nosotros esperando el apoyo de todos los medios y nada...se hicieron los sotas...”

Petit se recuerda a sí mismo llamando a las radios más escuchadas, tratando de que citaran a Jaque, de modo de sentirse más respaldados ante el régimen. Pero no hubo caso. La justicia militar lo citó a declarar.

Durante unos días los dos periodistas durmieron fuera de sus casas. Y se pusieron a trabajar para conseguir más pruebas que apoyaran la noticia.

“Una muerte violenta”

El doctor Soiza dice que en este caso uso toda su experiencia de 19 años que llevaba entonces trabajando en medicina legal.

“El asunto me impactó profundamente. Yo era un funcionario presupuestado del Ministerio de Defensa. Estaba sometido a jerarquía y comprendido dentro de las normas del Código Penal Militar y de los reglamentos de las Fuerzas Armadas. Pero debo decir que nadie me presionó”.

Soiza leyó todo el expediente. Había una investigación sumaria, muy breve: decía que en cierto momento Roslik se desplomó; lo vio un médico, pero ya había muerto. Luego estaba la primera autopsia, hecha por el médico de la unidad militar.

“La leí, me di cuenta que ese médico no tenía ninguna experiencia en medicina legal, más allá de si había mentido o no. Leí la segunda autopsia hecha por los cinco médicos de Paysandú: muy detallada, muy precisa, muy bien hecha a pesar de ellos tampoco tenían experiencia de médico legal. Hice un resumen de las dos y emprendí la parte más importante: las conclusiones”.

Para Soiza no había dudas.

“Tenía signos de violencia externos e internos muy importantes, sobre todo la rotura del hígado. Además tenía una aspiración de material gástrico muy turbio, muy fétido, que no es el contenido normal del estómago. Había sido sometido a violencia. La causa final de la muerte era la sumatoria de todas: el individuo está parado durante horas, sometido a gran estrés, golpeado en diferentes zonas, dolorido, no sabe qué le va a pasar, tiene miedo, le dan golpes y le rompen el hígado, lo golpean en las costillas, en la región lumbar, le infiltran el riñón, y todavía tiene algo que no sé si es porque le encajaron la cabeza debajo del agua o tuvo un vómito producto de la violencia y lo aspiró… Eso completó todo. Su resistencia cedió y todas las causas influyeron para determinar la muerte. Y esa es la conclusión básica: fue una muerte violenta. No fue una muerte natural, como dice ahora ese señor candidato. Y fue multicausal”.

Mautone no tuvo ninguna observación respecto al informe redactado por Soiza. Ambos fueron juntos a entregárselo al juez militar.

Soiza nunca había visto antes a Bentancur. Le extendieron el informe. El juez militar fue directo a leer las conclusiones. El médico legalista nunca olvidó la escena:

“‘Así que es un homicidio’, fue lo único que dijo”.

“El desempate”

Bentancur, según relató su hija, le filtró la información que emanaba del estudio forense a Hierro López, el periodista de Opinar, a quien conocía por tener un amigo en común.

Hierro confirmó ese punto. Los datos que recibió de Bentancur se los pasó a su vez a Bluth y Petit.

La hija del juez militar dice que su padre se reunió con los periodistas de Jaque. Ambos lo confirmaron.

En el afán por conseguir más información, Bluth y Petit tocaron timbre en la casa del coronel. El militar les dijo que los encontraría en la confitería Oro del Rhin.

Los cronistas llegaron con ansiedad. Habían hecho planes respecto a qué estrategia sería la mejor para que el juez militar hablara. Pensaron en pedir algo para comer, de modo de prolongar el encuentro. Petit todavía recuerda la mesa de la conversación: estaba al lado del espejo del salón principal.

Bentancur lucía serio, con cara de pocos amigos, nervioso. Amenazante y amenazado al mismo tiempo, según evoca Bluth.

El juez militar no les dio a los reporteros ninguna oportunidad de charlar largo y tendido. Pidió un café que bebió con celeridad. Respondía con monosílabos. Les advirtió que estaba armado y que no podían citarlo. Pero, antes de finalizar la breve entrevista, les dijo que el estudio forense que había encargado daba la razón a la segunda autopsia, la que había encargado la viuda de Roslik.

“Es el desempate”, les dijo.

Bluth y Petit volvieron felices a la redacción con su novedad, pero los sorprendió otra mayor.

En Jaque también escribía el veterano político colorado Manuel Flores Mora, “Maneco”, que tenía reservadas las contratapas. Hasta hoy son recordadas por su alta calidad.

Maneco también se había puesto a trabajar en pos de conseguir más datos y pruebas. Y gracias a un contacto con un amigo médico había conseguido el texto completo del informe de Soiza y Mautone.

Por la muerte de Roslik, Bentancur procesó al jefe y subjefe del batallón 9, los entonces teniente coronel Mario Olivera y mayor Sergio Caubarrere.

No existe otro caso similar en lo que refiere a los crímenes de la dictadura.

Sin embargo, fueron liberados pocos meses después y retomaron sus carreras en el Ejército.

Según la hija de Bentancur, eso fue ajeno a su padre: “En la justicia militar el juez de primera instancia determina si hay delito. Esa fue la función de mi padre. Luego pasó a un juez de segunda instancia que fue el que los liberó.

(*) Artículo publicado por Leonardo Haberkorn en El Observador.



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