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Columna de Opinión
AUNQUE SÓLO SEAN DESEOS
Realizar a esta altura un balance, además de saturar un poco con una síntesis que hemos venido repitiendo sobre diferentes aspectos de la vida del país y del departamento, también podría pintar un panorama excesivamente oscuro. Todos, en mayor o menor medida, somos conscientes de lo que nos ha sucedido. Y si bien esperamos haber aprendido algunas lecciones, no por ello tenemos que repetirlas todo el tiempo.  Aunque más no sea en nuestros deseos nos sentiríamos muy bien si Uruguay recuperara de manera sostenida su crecimiento económico, pero sobre todo que este tuviera impacto directo en la forma en que se reparte el mismo. Durante los 15 años que gobernó nuestra fuerza política el país creció, algunas veces más, otras veces me...
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11 de noviembre del 2021 a las 15:01 -
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Editorial de Diputado Constante Mendiondo

Solo soy un representante de mi pueblo
Editorial de Diputado Constante Mendiondo

Versión taquigráfica de las palabras dirigidas al pleno de la Cámara de Diputados el pasado martes 9.

Tiene la palabra el señor diputado Constante Mendiondo.

SEÑOR MENDIONDO (Constante).- Señora presidenta: estamos cerrando el segundo año del período legislativo, el séptimo desde que asumí la banca el 15 de febrero del 2015. Pretendo reflexionar sobre el honor de representar al pueblo, en definitiva: sobre nuestro trabajo.

Lo primero que debemos asumir es que la población en general no nos valora; lo que es peor, nos valora muy mal. Existe un sinnúmero de diatribas y lugares comunes que estigmatizan y devalúan la nobleza de nuestra tarea política. Cada cinco años hay elecciones obligatorias y ahí se abre una ventana donde la movilización detrás del voto disminuye el perfil de menoscabo y genera una masa crítica tan positiva como efímera.

A nuestro país se lo ve diferente, con nota en la convivencia política respecto a las instituciones y calidad democrática. Eso sí, desde fuera, desde países al sur del río Bravo. Me he propuesto ser autocrítico; la política es vocación o no es. Cuando recibimos demandas de la comunidad, individuales o colectivas, profundamente razonables, levantamos el teléfono o recurrimos a una variedad de formas de comunicarnos -correos electrónicos, pedidos de informes- y terminamos en proyectos de ley, en minutas, etcétera. Comenzamos buscando soluciones urgentes para situaciones de urgencia y terminamos en procedimientos previstos por los reglamentos, pero condenados al archivo al final de la legislatura.

Siempre recuerdo a una vecina de Fray Bentos, que me preguntó cuando volvía a mi lugar de trabajo, el de siempre, en el Banco de Previsión Social. Mi respuesta fue que debí renunciar para asumir la banca. La respuesta de ella fue: "Si lo hubiera sabido no lo votaba". Fue una sentencia implacable.

Trato de representar a los rionegrenses con dedicación, compromiso y les consta a los integrantes del Ejecutivo anterior y al de ahora, que me prendo de los temas y no los dejo fácilmente. Pero aquella mujer sentía que lo mío era ser servidor público en un organismo del Estado. Seguramente, su necesidad personal, su interés, no permite percibir y valorar lo general y colectivo.

Son siglos de uso indebido y clientelar del Estado, de lo que no nos excluimos. En mayor y menor medida hay responsabilidades que vienen desde el fondo de nuestra historia. Es más: en muchas intendencias las garantías laborales, la carrera funcionarial, están subordinadas al gobierno de turno, con la complacencia de muchos que ven como normal que el que gana disponga a su antojo. Que la ciudadanía se defraude de los políticos tiene razones complejas: mal informada sobre roles institucionales, las tentadoras y falsas promesas, etcétera.

Resulta obvio que se nos castiga porque esperan de nosotros la solución individual y no la colectiva. Es más: a esta última no tienen elementos para poder apreciarla. Estoy convencido de la nobleza de la vocación política. A priori, creo que la inmensa mayoría peleamos para llegar acá, para hacer el bien. Y finalizamos con más canas y frustraciones, con nuestras familias en segundo plano -en el mejor de los casos- y con pocos pesos para llegar a fin de mes, cuando llegamos. También en esto la población tiene una visión poco clara de lo que percibimos y de lo que debemos invertir para llevar delante de manera digna nuestro trabajo.

En los siete años de Cámara he aprendido a respetar y a aprender de colegas de mi fuerza política y de los partidos políticos con roles de oposición antes y 

hoy oficialismo. Por muchos siento especial afecto. Pero ¿por qué no podemos trabajar mejor, contribuir a cambiar la imagen que tiene la gente de nosotros? ¿Qué nos impide generar ámbitos de estudio, asesoramiento y reflexión en procura de leyes justas y con grandes acuerdos? ¿Por qué no salir de ese retroceso que es dar viabilidad a los proyectos según de donde vienen y no para la solución que se persigue?

Cada cinco años hay elecciones, pero mientras tanto somos representantes del pueblo y todos los días deberíamos tener eso como objetivo marcado a fuego.

En la búsqueda de razones, en la impotencia que sentimos cuando se nos juzga erróneamente, queremos pensar que algo de responsabilidad tenemos. Dependerá de cómo la asumamos y corrijamos cómo nos juzguen de otra manera en el futuro. Importa el buen relacionamiento entre colegas. El decirnos lo que se nos ocurra sin medir recato e hiriendo y luego salir al ambulatorio y abrazarnos y hacer chistes nos pone más en el lugar de comediantes que lo que somos: representantes del pueblo. Abandonemos esas prácticas reñidas con los elementos básicos de integrar una democracia republicana. Basta de insultos y falsedades desde el facilismo inocuo y taimado de las redes. Discutamos con convicción constructiva y de frente.

Tenemos tiempo y hay muchísimas leyes en potencia que esperan ser tratadas, porque el pueblo las necesita. De nuestra actitud dependerá el reconocimiento o el piloto automático del desprecio actual. Finalizo: tómense mis palabras como una reflexión desde lo personal y dirigidas a mí mismo; no pretendo en absoluto molestar a ningún colega.

Gracias, señora presidenta.

Tany Mendiondo



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